20 de mayo de 2011

Siete y Media

Siete y media. En la noche, apenas amanecida, la pequeña brasa del linyera que prepara con calma su mate cocido. Linyera es una palabra cara en mi vocabulario, demasiada literatura o acaso será por Diógenes y el Linyera, quién sabe. Un matrimonio vive en ese costado de la plaza, y su pequeña intimidad de apenas amanecer está expuesta, como una obra de Miller, esas obras que vemos en el teatro y cuyo decorado está todo expuesto allí en el escenario, con las paredes cortadas, y la escena de la casa se produce a la vista de todos, sin telones, apenas guarecida por algún cambio de luces.
Una señora casi arrastra a su hija y mochila carrito a través de la plaza. Desde aquí se siente el olor a colonia y las quejas de ambas, en este destino aceptado y nunca elegido de las 7 y media. 
Una moto irrumpe y levanta el polvillo rojo de mi plaza, dos jóvenes con fuerte aroma a desodorante y grandes mochilas se sientan en un banco y fuman algo un poco especiado para mis siete y media, pero acaso también será un poco temprano para mi Dunhill blanco. 
El depósito ya abrió, en el piso hay restos de san expedito, la gente ha dejado su huella en el día de los milagros. Mugre y polietileno. 
Alrededor los autos, a prisa y en silencio. Otros dueños de perros haciendo lo mismo que yo, salen de lugares que no conozco. Así es mi barrio, vive mucha gente no se sabe dónde. Afuera puras persianas, depósitos, los obreros mezclados con viejitas que aún no amanecen, los niños y el linyera, perros sueltos acaso sin dueño.
Termino el pucho: "antoniavamos". Empieza el día, me espera mi propio mate cocido y todo por hacer. 

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